Manuel Romero jugó uno de sus mejores partidos de la carrera liderando a Trouville al triunfo que colocó la serie 2-1.

Picando la pelota solo en un gimnasio o tirado en su cama soñando por soñar.  Se lo imaginó mil veces con la confianza de que la fantasía un día se convirtiera en realidad.

Escenario inmejorable. Palacio, semifinales, serie empatada. Álvaro Tito lo llamó y le tocó la cabeza para darle confianza en su ingreso, sin saber quizás que le estaba dando la oportunidad de brillar como nunca antes a Manuel Romero.

La frescura de un niño, la desfachatez del joven y la calidad de los grandes. Hizo todo bien. Desde la intensidad y el orden que le impuso al equipo hasta sus porcentajes soberbios de tiros.

Confianza intacta para adueñarse de un equipo de figuras, no le tembló el pulso cuando se tuvo que vestir de crack, el hombre que reparte juego hoy lo acaparó todo, porque estaba en su noche y el colectivo sabía que era el día en que la 13 tenía que brillar.

Casi 22 minutos en cancha, 27 puntos (tiró para 31), 3 asistencias, 1 recupero y 29 de valoración. Manuel Romero y su noche soñada.